En resumen, un gran esfuerzo debe realizar el hombre para superarse con habilidad y cumplir los preceptos, arrojando de sí la pereza que lo limita.
Y observa que aun los ángeles fueron ponderados con esta virtud, tal como está dicho: “Poderosos que ejecutáis sus mandatos, escuchando la voz de Su decir” (Salmos 23). Y está dicho: “Y las criaturas se apresuraban y volvían como la apariencia de un rayo” (Ezequiel 1-14).
Y siendo el hombre humano y no ángel – pues es imposible que alcance el poder de un ángel – pero indudablemente lo que pueda tratar de aproximarse a tan elevado nivel debe realizarlo. Y el rey David se vanagloriaba de sus logros diciendo: “Me apresuré y no me retrasé en guardar tus preceptos” (Salmos 119).