Existe otro concepto, más profundo aun, que se relaciona con este precepto.
Debido a que el hombre se halla sometido a su Creador de la misma forma en que el esclavo lo está a su amo, esta es una parte de la aceptación del yugo Divino sobre si y el sometimiento a Dios, Bendito.
Y le fue concedido al hombre el poder de rectificar la creación toda, como lo desarrollamos en la sec. 1 y al llevar a cabo su servicio a Dios y cumplir con lo que le fue encomendado, está manteniendo la creación en el estado deseado por Dios; y todo esto resulta del accionar del hombre de acuerdo a lo que le fue encomendado por Dios en la Tora.
Sin embargo, todo este concepto se halla fundamentado en un principio único y es que el hombre es un servidor del Todopoderoso a quien le fue encomendada la rectificación de la creación.
Por esta razón, su accionar produce los efectos deseados en el mundo. Esta responsabilidad con la que debe cargar el hombre se denomina yugo divino, pues es similar al yugo que carga el esclavo de su amo.
Esta rectificación llevada a cabo por el hombre se refuerza por medio de ciertos aspectos de este yugo, determinados por Dios. Entre estos aspectos se halla la distinción e insignia que representan los Tzitzit.
Sin embargo, al margen de constituir esto un precepto permanente, Nuestros Sabios lo asociaron con las plegarias matutinas al encomendarnos investirnos con el Talit que contiene los Tzitzit] durante el rezo. Este es otro aspecto de la aceptación del yugo Divino, para que con este poder asuma y se aferre al servicio de Dios y de esta manera rectifique el universo, como lo citamos.

