Capítulo 18
La devoción
La virtud de la devoción exige en realidad una gran explicación, ya que existen muchas prácticas y hábitos considerados por la mayoría de las personas como actos de devoción y no son sino reflejos de la devoción, sin forma ni corrección.
Esto proviene de la falta de meditación y conocimiento real que poseen los realmente devotos, porque no se esforzaron por conocer los caminos del Señor en forma clara y recta, sino que practican la devoción en lo que se les presente ante la primera observación sin profundizar en los hechos y sopesarlos en las balanzas de la inteligencia. Y esto son los que descomponen el aroma de la devoción ante las mayorías y de entre los cultos incluidos, pues ellos ya pensarán que la piedad depende de cosas vanas o contrarias a la lógica y a la real sabiduría, y creerán que toda la devoción consiste en la pronunciación de extensos ruegos y grandes reverencias acompañadas de extraños tormentos en los que el hombre se debe suicidar, como las abluciones en el hielo y la nieve, cosas por el estilo.
Pero desconocen que, aunque algunas son necesarias para los penitentes y otras dignas de las ascetas, no sobre ella se fundamenta la devoción definitivamente. Pues si la mejor de estas prácticas es digna de asociarla a la virtud de la devoción, la realidad de la devoción es algo profundo para entenderlo correctamente, y está basado sobre cimientos de inmensa sabiduría y perfección de los actos en el extremo en que es digno de todo sabio perseguirlo, pues solo los sabios pueden alcanzarla en verdad, y así dijeron Nuestros Sabios: “El ignorante no será devoto” (Tr. Princ. 2-5).

