Y he aquí, que con esta virtud se regocijaba David diciendo, «Aseo con limpieza mis manos, y rodeare tu altar mi Señor».
Pues en verdad, solo quien se purifique de toda huella de pecado o trasgresión es digno de presentarse ante el rey, Hashem. Y de otro modo deberá avergonzarse y humillarse frente a él, como le dice Ezra, el escriba, «Dios, me avergüenzo y humillo de levantar mi rostro hacia mi Señor».
Sin duda, constituye una gran tarea para el hombre lograr la perfección en esta virtud, pues los pecados notorios y públicos con facilidad se podrán cuidar, pues su maldad es evidente, pero la precisión necesaria para lograr la limpieza es lo más dificultoso puesto que la tendencia a concederse permisos encumbre los pecados como ya hemos escrito.

