Y medita y verás que existen tres categorías: las prohibiciones propiamente dicha, las vallas o sea los decretos y ordenanzas que promulgaron Nuestros Sabios para todo Israel, y las precauciones que recaen sobre los abstinentes para incorporarlas a sí mismo y construir sus propios vallados, lo que significa abandonar ciertas concesiones, que no fueron prohibidas a todo Israel y separase de ello para permanecer alejado del mal totalmente.
Y si preguntarás: ¿qué autoridad tenemos para agregar prohibiciones?. Si Nuestros Sabios dijeron: ¿No es suficiente lo que te prohibió la Torá que tú te agregas otras prohibiciones? (Tr. Ned. Jer. 89), si lo que vieron nuestros sabios con su clarividencia que se necesita prohibir, lo que prohibieron y lo que permitieron fue porque lo consideraron digno de permitirlo, entonces ¿por qué hemos de innovar prohibiciones que ellos no consideran necesario promulgar?, y también pues no existe límite para esto y encontraríamos al hombre desolado y atormentado sin satisfacerse en absoluto de este mundo, y Nuestros Sabios dijeron: “en el futuro el hombre rendirá cuentas ante el Señor por todo lo que vieron sus ojos y quiso usufructuar teniendo permitido hacerlo”(Tr. Kidushin. Jer. 84), alegándolo del versículo que dice: “y todo cuanto desearon mis ojos no los privé” (Kohelet 2).
Pero la contestación es la siguiente, la abstinencia es una necesidad y una obligación como nos advirtieron Nuestros Sabios sobre el versículo: “santos seréis, abstinentes seréis” (Torat Cohen). Y agregaron: “todo el que ayuna se considera santo, como lo deducimos del asceta” (Tr. Taanit 11).

