Los hechos que conducen a la persona a llegar a esta virtud, es la preparación para el servicio y los preceptos, o sea que no ingrese en el cumplimiento de los preceptos en forma intempestiva cuando todavía su mente no está reposada y no analiza lo que está realizando, sino que se debe preparar para lo que realiza y adaptar su corazón gradualmente hasta penetrar en la meditación, y entonces analizará que es lo que se dirige a hacer. Pues al comenzar con este análisis fácilmente desechará las inclinaciones externas y fijará en su corazón la intención verdadera y requerida.
Y observa que los devotos de la antigüedad se demoraban una hora previa a la oración y después oraban, para orientar su corazón al Señor. Y seguramente no permanecían una hora en la nulidad, sino que meditaban y preparaban su corazón para la oración que se dirigían a realizar, rechazando de sí los pensamientos extraños y llenándose del temor y el amor necesario, como está dicho: “Si tu preparas tu corazón y extiendes hacia Él tus manos” (Job 11).

