También deberá observar la bajeza del hombre y su inferioridad dado su materialismo y su tosquedad, más aún por los pecados cometidos, pues por todos ellos es imposible que no se atemorice su corazón y no tiemble al pronunciar sus palabras ante el Señor e invocar su nombre tratando de obtener su conformidad, como lo expresa el versículo: “Sirvan al Señor con temor, y regocíjense con temblor” (Salmos 2), y está escrito: “El Señor es reverenciado en la privacidad de los Santos, es magnífico y temible sobre los que lo rodean” (salmos 89), pues los ángeles al estar más cercanos a Él que los seres de cuerpo material, les es más fácil concebir la Magnificencia de su Grandeza, y por lo tanto el temor sobre ellos es mayor que sobre los hombres. Y el Rey David alababa y decía: “Me prosternaré ante el Atrio de tu Santidad, en tu temor” (Salmos 5). Y está escrito: “Por causa de mi nombre se atemorizó él” (Malaquías 2). Y dice: “Mi Dios! me avergüenzo y abochorno de elevar, mi Señor, mi rostro hacia ti” (Ezrá 9).
Este temor, deberá en un principio acrecentarse en su corazón y después demostrará su obrar en los miembros del cuerpo, y ellos son: la seriedad y la prosternación, los ojos bajos y las manos cruzadas, como un pequeño esclavo ante su Rey. Y así dijeron en el talmud: “Raba cruzaba sus manos y rezaba, él decía: como un esclavo ante su amo” (Tr. Shabat 10). Hasta aquí hablamos de la sumisión y la vergüenza, ahora hablaremos del respecto.

