Hay otros que no sufren ni les duele tanto, pero aun así sienten alguna tristeza o por lo menos les disgustará ver que alguien alcanza una posición encumbrada, si no se encuentran entre sus amigos más dilectos, y más y más hacia aquellos que no los une un gran efecto, y más aún hacia un extranjero.
Y observa que aunque en su boca se encuentren palabras de reconocimiento y alegría sobre sus bondades, pero en su corazón sienten la pena.
Y esto ocurre con frecuencia en la mayoría de las personas, pues, aunque no sean realmente envidiosos, pero no se purifican de ella absolutamente, y más aún si un colega triunfa en su ocupación, como está dicho: “El obrero odia al de su misma profesión” (Beresh. Rabá 19), lo que se incrementa por supuesto si tiene más éxito que él.
Y si supiera y comprenderían que: “El hombre no obtiene de lo atribuido a su compañero ni como el grosor de un cabello” (Trat. Iomá 38), y todo absolutamente proviene del Señor, de sus maravillosos designios y su sapiencia inescrutable, entonces no habría motivo para entristecerse con el bien del compañero.

