Y dijeron también: “El justo come para satisfacer su espíritu” (Prov. 13) sobre Ezequías rey de Judá, de quien decía que comía dos manojos de hierba y una porción de carne diariamente, y el pueblo se burlaba y comentaba: ¿Esto es un rey? Y así dijeron sobre Rabenu el Santo, que en el momento de expirar irguió sus diez dedos y dijo: “es revelado y conocido por ti que no goce de este mundo ni aun con mi dedo meñique” (Tr. Ketuvot 104).
Y también dijeron: “Antes de que el hombre ruegue por que las palabras de la Torá penetren en su ser, deberá orar para que la comida y la bebida no formen parte de él”.
Todos estos proverbios nos indican claramente la necesidad de la abstinencia y su obligación. Pero de todas formas debemos responder a todos los aforismos que nos enseñan lo contrario.
Y la realidad es que existen muchas diferencias y principios en esta cuestión, hay una abstinencia que nos ha sido ordenada, y otra sobre la cual fuimos advertidos para no tropezar en las trasgresiones, como lo dijo el rey Salomón, “no seas justo en exceso” (Kohelet 7).

