Económicamente, deberá ayudarlo hasta donde alcance su mano y tratará de privarlo de cualquier daño en todo lo posible: y aún más deberá alejar todo tipo de perjuicio que pueden sobrevenir por su causa, ya sea privada o públicamente, y aunque el daño no sea inminente si en definitiva llegará, lo apartará y lo alejará. Y dijeron: “Serán las posesiones de tu prójimo tan apreciadas como las tuyas mismas” (Tr. Princ. 2).
En lo espiritual, tratará de brindarle a su prójimo todo el sosiego espiritual que pueda, ya sea honrándolo o de cualquier otra manera. Todo lo que le proporcione dicha a su compañero, es un precepto de la devoción realizarlo, y por supuesto que no le provocará ningún sufrimiento sea de la manera que fuere.
Todo esto conforma la beneficencia a la que tanto elogiaron Nuestros Sabios, y la que representa una obligación para nosotros.
Se incluye en esto perseguir la paz que es la máxima benevolencia entre los hombres.

